El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
Don Quixote (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha) exists in more than 140 languages. The novel was written in two parts, in 1605 and 1615, during the same period that the Pilgrims were landing in Massachusetts.
Cervantes pretended that the book was not fiction, but a found document translated from Arabic. The novel was a huge success. Plagiarists jumped in and wrote copycat versions. Cervantes responded by writing his own sequel, in which Don Quixote himself calls out the plagiarists as impostors.
The book is considered the first and most successful novel of all time. In Spanish, the language is often called la lengua de Cervantes.
The story is about idealism. It is about a truly noble spirit struggling in an imperfect world. Its universal appeal is that we all see some of ourselves in Don Quixote.
Nombre completo: Miguel de Cervantes Saavedra
Nacimiento: Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547
Fallecimiento: Madrid, 22 de abril de 1616
Miguel de Cervantes es considerado el máximo representante de la literatura española y es conocido como el “Príncipe de los ingenios”. Su legado literario marcó un antes y un después en la narrativa y lo convirtió en una figura universal de la literatura.
Participó como soldado en la batalla de Lepanto en 1571, donde fue herido en la mano izquierda. A causa de esta herida recibió el apodo de “El manco de Lepanto”.
Su obra más famosa es Don Quijote de la Mancha, publicada en dos partes (1605 y 1615), reconocida como la primera novela moderna y una de las obras más importantes de la literatura universal.
Entre sus otras obras destacadas se encuentran:
La Galatea (1585)
Novelas ejemplares (1613)
El cerco de Numancia
Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617, obra póstuma)
El Contexto
In old Spain, many families called themselves hidalgos. They claimed a vague or distant nobility. The more obscure the ancestry, the more believable the claim.
Impoverished hidalgos were often portrayed as having lost their land and wealth. They lived in old houses in despair, still clinging to social status while near poverty. They refused to work, believing labor was beneath their station. This was the case of Don Quixote himself.
La Mancha is a region in the central part of Spain. It is mostly flat, dry countryside with little water. The land is plain and uninviting.
Cervantes may have chosen La Mancha as the setting for his satirical novel precisely because Don Quixote’s most romantic fantasies would take place in the least romantic environment possible.
The word caballero comes from caballo, meaning “horse.” Originally, it simply meant a man who rides a horse. Today it means a gentleman. In medieval times, caballero meant knight.
Knights were warriors who protected kings and were respected as powerful men. In literature, they followed a strict code of honor. However, much of this code is more Hollywood legend than historical reality.
The medieval period, also called the Middle Ages, began around 400 CE and ended with the Renaissance around 1400 CE. Don Quixote takes place about 200 years after knighthood had faded away. By the time Don Quixote begins reading heroic tales of knights, the entire world of knighthood was already mythology.
Los Personajes
Alonso Quijano es un hombre anciano de La Mancha, una región de España. Tiene 59 años.
Le gusta mucho leer novelas de caballería (historias de caballeros).
Lee tantos libros que confunde la realidad con la fantasía.
Un día, decide ser caballero y se cambia el nombre a don Quijote de la Mancha.
Quiere ayudar a la gente y luchar contra el mal.
Monta un caballo muy flaco que se llama Rocinante.
Don Quijote vive muchas aventuras.
Muchas veces, sus aventuras terminan en situaciones cómicas, graciosas o humillantes, porque él no ve la realidad como es.
Don Quijote es un hombre anciano, alto y muy delgado.
Tiene el cuerpo débil y la apariencia cansada.
Viste una armadura vieja y oxidada.
Monta un caballo flaco y viejo llamado Rocinante.
Es idealista, valiente y soñador.
Cree firmemente en el honor, la justicia y los valores caballerescos.
Confunde la fantasía con la realidad.
Quiere ayudar a los demás, pero muchas veces sus acciones causan problemas.
Es persistente y nunca abandona sus ideales.
Sancho Panza
Sancho Panza es un campesino simple y bueno.
Es bajito, regordete y muy amable.
Sancho es el escudero de don Quijote.
No cree en las fantasías de su señor, pero lo acompaña porque es leal y fiel.
Quiere ayudar a don Quijote y cuidarlo.
Sancho monta un burro que se llama el Rucio, al que quiere mucho.
Más tarde, el burro es robado, y Sancho se pone muy triste.
Sancho Panza es bajo, regordete y fuerte.
Monta un burro y viste ropa sencilla de campesino.
Es realista, práctico y astuto.
Aunque no cree en las fantasías, es leal y fiel a Don Quijote.
Le gusta comer, descansar y pensar en recompensas.
Aporta sentido común y humor a la historia.
Dulcinea del Toboso es el amor ideal de Don Quijote.
Para él, ella es una mujer perfecta, bella y noble.
En realidad, Dulcinea no es una dama.
Es una campesina llamada Aldonza Lorenzo, que vive en su pueblo.
Ella no sabe que Don Quijote la ama.
En realidad, Aldonza Lorenzo es una campesina fuerte y sencilla.
No es una dama noble ni elegante.
En la mente de Don Quijote, Dulcinea es perfecta, bella y noble.
Representa el amor idealizado.
Ella no participa en la historia directamente y no sabe que Don Quijote la ama.
El ama de llaves trabaja en la casa de don Quijote.
Ella lo cuida y se preocupa por su salud.No le gustan los libros de caballería.
El ama de llaves es una mujer mayor que trabaja en la casa de Don Quijote.
Viste ropa modesta y práctica, típica del trabajo doméstico. Es realista, práctica y directa.
Se encarga del cuidado de la casa y de Don Quijote.
Está cansada de los libros de caballería y los culpa de sus problemas.
Representa el sentido común y la vida cotidiana.
A diferencia de Don Quijote, vive completamente anclada en la realidad.
La sobrina vive con don Quijote.
Es joven y se preocupa mucho por él.
Quiere protegerlo y evitar que salga a vivir aventuras peligrosas.
La sobrina es una joven que vive en la casa de Don Quijote.
Su apariencia es sencilla, propia de la vida doméstica del pueblo.
Es protectora, preocupada y responsable.
Quiere mucho a su tío y se preocupa por su bienestar.
Cree que los libros de caballería son la causa de su locura.
Representa la voz de la razón familiar y el deseo de normalidad.
Quiere evitar que Don Quijote salga a vivir aventuras peligrosas.
El cura es un hombre bueno y educado del pueblo.
Es amigo de don Quijote.
Se preocupa por su salud y su bienestar.
El cura cree que los libros de caballería hacen daño a don Quijote.
Quiere ayudarlo a volver a la realidad.
A veces toma decisiones fuertes, pero piensa que son para el bien de su amigo.
Es un hombre adulto, bien vestido, con apariencia respetable
Es racional, responsable y protector.
Se preocupa por la salud mental de Don Quijote.
Representa la autoridad moral y la razón.
El barbero es otro amigo cercano de don Quijote.
Trabaja cortando el cabello y la barba en el pueblo.
Ayuda al cura a cuidar a don Quijote.
Muchas veces, el barbero acompaña al cura en sus planes para protegerlo.
El barbero entiende la locura de don Quijote, pero también se ríe de algunas situaciones.
Es un hombre común del pueblo, vestido de forma sencilla.
Es práctico, realista y observador.
A veces se burla de Don Quijote, pero quiere ayudarlo.
Trabaja junto al cura para protegerlo.
Es un niño o joven campesino, débil y humilde.
Es víctima de la injusticia.
Representa a los débiles que Don Quijote quiere defender.
Rocinante es un caballo muy flaco, viejo y débil.
Parece cansado y mal alimentado.
Es paciente y obediente.
Representa la realidad, en contraste con la imaginación de Don Quijote.
Aunque es débil, acompaña fielmente a su amo.
La Novela
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo flaco, amante de la casa y obsesionado con los libros de caballerías. Pasaba los días leyendo sin descanso, absorto en historias de gigantes, doncellas, magos y reinos lejanos. Tanto se entregó a esas lecturas que acabó perdiendo el juicio.
Creyó con todo su corazón que el mundo aún necesitaba caballeros andantes y que él estaba llamado a resucitar esa antigua y gloriosa tradición. Empezó por rebautizar su viejo Rosín como Rocinante, nombre sonoro y elegante. Luego escogió para sí el título de Don Quijote y a su tierra le añadió “de la Mancha” para ennoblecer su linaje inventado.
Faltándole solo una dama a quien dedicar sus gestas, escogió a una moza del Toboso llamada Aldonza Lorenzo, a quien jamás había cortejado, pero a la que renombró como Dulcinea, su señora y reina.
Con todo decidido y armado con una armadura vieja y una lanza casi rota, salió una mañana antes del alba por los campos manchegos. La ilusión le encendía los ojos. Quería realizar grandes hazañas, igualar a Amadís de Gaula y devolver al mundo la justicia perdida.
Así comenzaba la primera salida de Don Quijote, solitaria y sin destino claro, guiado únicamente por su fervor y su locura.
Tras horas de andar bajo el sol abrazador, llegó a una venta pobre que su imaginación transformó en un castillo encantado. A la puerta, dos mujeres de vida ligera charlaban despreocupadas. Don Quijote las saludó con cortesía exagerada, tratándolas como damas nobles. Ellas, extrañadas y divertidas, jugaron con él, burlándose suavemente de su lenguaje arcaico y pomposo.
El ventero, hombre astuto, lo recibió con amabilidad. Viendo su locura, decidió seguirle el juego. Don Quijote pidió ser armado caballero y suplicó que esa noche se le permitiera velar sus armas. El ventero, sin perder la sonrisa, accedió.
Esa noche, Don Quijote cenó pan duro, vino agrio y pescado mal cocido, pero lo saboreó como si fuera un banquete real en la corte del rey Arturo. El caballero se retiró al patio a velar sus armas con solemnidad. Paseaba de un lado a otro, murmurando plegarias, imaginando enemigos invisibles, dispuesto a morir si era necesario para probar su valor.
Su figura solitaria, envuelta por la noche, parecía salida de una pintura antigua: un loco en la oscuridad, soñando con gloria bajo las estrellas.
Mientras Don Quijote velaba sus armas, un arriero se acercó a dar agua a sus mulas y, sin saberlo, apartó la lanza y el escudo del caballero. Este, viéndolo como un sacrilegio, lo derribó con su lanza. Otro arriero intentó lo mismo y corrió la misma suerte.
Los gritos y golpes alertaron al ventero, que intervino temiendo que aquello se saliera de control. Para evitar problemas, el ventero improvisó la ceremonia de armamento. Reunió a las dos mozas, les dio roles de damas nobles y entre todos hicieron una parodia solemne.
Le colocaron la espada, le dieron un golpecito con el pomo y le declararon caballero. Don Quijote, emocionado hasta las lágrimas, agradeció con un discurso inflamado y juró defender a los inocentes y servir a su dama Dulcinea hasta la muerte.
Al amanecer partió de la venta sin pagar, convencido de que en los castillos los caballeros no debían cubrir gastos. El ventero, aunque divertido, juró no volver a recibir locos armados.
Don Quijote siguió su camino, orgulloso y feliz, creyendo que ya era un verdadero caballero andante. Su mente, alimentada por fantasía, veía el mundo como un tablero de honor y maravillas.
Avanzando por los campos, escuchó a lo lejos unos gritos. Al llegar, encontró a un joven pastor atado a un árbol y siendo azotado por un labrador. Don Quijote, indignado, desenvainó su espada y reprendió con dureza al hombre.
El labrador, sorprendido, intentó justificarse diciendo que el muchacho era flojo y descuidado con el ganado. Pero Don Quijote no aceptó excusas. Obligó al labrador a desatar al joven y le ordenó pagarle lo que le debía. El muchacho confirmó que nunca le habían dado salario.
Don Quijote exigió justicia y el labrador juró que le pagaría en casa. Don Quijote se marchó satisfecho, creyendo haber hecho una obra digna de los mejores caballeros de la historia.
El joven intentó detenerlo, rogándole que no lo dejara solo, pero fue inútil. Apenas Don Quijote se alejó, el labrador volvió a atar al pastor y lo golpeó aún con más furia.
Mientras tanto, el caballero seguía cabalgando, orgulloso de su hazaña, convencido de que la fama comenzaba a extenderse y que Dulcinea se sentiría orgullosa. No sabía que el mundo no siempre respondía a los ideales y que la justicia soñada no bastaba con espadas ni palabras.
Poco después, Don Quijote se encontró con un grupo de mercaderes toledanos que viajaban por la llanura. Los detuvo con su lanza y les exigió que confesaran que Dulcinea del Toboso era la mujer más hermosa del mundo.
Los mercaderes, extrañados, intentaron bromear pidiéndole al menos ver un retrato de la dama, pero Don Quijote, tomando esto como una ofensa, cargó contra ellos con furia. Rocinante tropezó y cayó.
Don Quijote, al no poder levantarse por el peso de su armadura y las heridas anteriores, quedó tendido en el polvo. Los mercaderes se burlaron de él, lo golpearon un poco y siguieron su camino.
Allí quedó tendido, recitando frases de caballería, comparándose con héroes caídos y esperando que alguna dama lo rescatara. Por fortuna, un vecino del pueblo, Pedro Alonso, lo encontró. Al reconocerlo, lo subió sobre su burro y lo llevó de regreso.
Durante el trayecto, Don Quijote hablaba de princesas y encantadores, ajeno al mundo real. El vecino, conmovido y preocupado, comprendió que la locura había hecho su nido en la cabeza del hidalgo.
Así, maltrecho y delirante, Don Quijote volvió a su hogar sin gloria, pero con más sueños que nunca.
Ya de vuelta en casa, el ama y la sobrina de Don Quijote lo cuidaban con esmero. Aún no comprendían cómo aquel hombre cuerdo y honorable se había convertido en un fantasma de sí mismo, balbuceando nombres extraños y hablando de gigantes y castillos.
Preocupadas, llamaron al cura del pueblo y al barbero, sus amigos más cercanos, para que tomaran cartas en el asunto. Al llegar, el cura propuso algo radical: examinar y purgar su biblioteca.
Al día siguiente entraron en el aposento donde estaban los libros. El cura comenzó a revisar título por título, juzgando cada uno como si fuera juez en un tribunal. Los libros de caballería fueron, sin excepción, condenados al fuego.
Algunos fueron perdonados por su estilo o su utilidad, pero la mayoría ardió sin compasión. El barbero ayudaba, el ama aplaudía y la sobrina lloraba en silencio.
Se cerró con llave la estancia y se tapearon las paredes, dejando al loco sin sus ídolos de papel. Cuando Don Quijote despertó y preguntó por su biblioteca, le dijeron que un encantador llamado Frestón la había hecho desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.
Él, lejos de enfurecerse, aceptó la explicación como señal de que sus enemigos ya conspiraban contra él. En su mente, la batalla entre el bien y el mal se intensificaba. Lo que para otros era locura, para él era destino.
Durante unos días, Don Quijote se mantuvo en calma, fingiendo cordura, pero en secreto planeaba su próxima salida. Esta vez no iría solo.
Necesitaba un escudero, alguien que lo acompañara en sus hazañas, que fuera testigo de su gloria y que lo ayudara en las tareas más mundanas del camino. Pensó en un labrador de buen corazón y poca educación, vecino suyo, Sancho Panza.
Con palabras llenas de promesas y entusiasmo, le habló a Sancho de ínsulas por gobernar, riquezas por obtener y fama por ganar. Sancho, aunque dudoso al principio, aceptó encantado.
Montó su rucio, empacó provisiones y una noche oscura ambos salieron del pueblo sin despedirse. Uno llevaba la lanza y la locura; el otro, borrico y la esperanza de volverse gobernador.
Así comenzó la segunda salida de Don Quijote, ya no en soledad, sino acompañado de un hombre sencillo que, sin saberlo, se convertiría en su espejo, su voz de tierra firme y su compañero más fiel.
No tardaron en encontrarse con una aventura que marcaría para siempre su historia. A lo lejos, Don Quijote vio lo que creyó eran gigantes de brazos colosales girando con furia en la llanura.
Sancho, espantado, intentó hacerle ver que eran solo molinos de viento, pero su amo, encendido por la ilusión, le replicó que era obra de los encantadores, que habían transformado a los gigantes para negarle la gloria.
Sin más, espoleó a Rocinante y cargó con lanza en ristre. El molino lo recibió con un aspa que lo lanzó por los aires, destrozando su lanza y dejando su cuerpo magullado.
Sancho corrió a socorrerlo. Don Quijote, dolorido, murmuraba que Frestón, el encantador, le había robado otra victoria. Sancho no sabía si reír o llorar, pero ya era tarde para volver atrás.
Tras curarse como pudieron, continuaron su camino. Sancho comenzó a ver que su amo estaba más allá de la razón, pero algo en él —quizá la promesa de la ínsula, quizá el afecto— lo hacía seguir adelante.
Y Don Quijote, convencido de que la aventura apenas empezaba, miraba el horizonte con la esperanza de redimirse del desaire mágico.
Justo en este punto, la narración se detiene. El autor confiesa que encontró el manuscrito de esta historia sin final en un viejo archivo. Por suerte, en Toledo halló unos papeles en árabe escritos por un tal Cide Hamete Benengeli.
Tras traducirlos con la ayuda de un morisco, logró continuar con la historia. Gracias a eso, hoy conocemos lo que sucedió después del enfrentamiento con el vizcaíno.
La batalla entre Don Quijote y el caballero vasco se reanudó con fuerza. Se cruzaron mandobles, se lanzaron insultos altisonantes y chocaron espadas con furia.
Finalmente, Don Quijote derribó a su adversario y le colocó la espada en el cuello. Le exigió que fuera a presentarse ante Dulcinea y proclamara su belleza como la más excelsa del mundo.
Las damas que lo acompañaban suplicaron clemencia y Don Quijote, magnánimo, perdonó al vencido. Sancho, que observaba a prudente distancia, se acercó a felicitarlo.
Don Quijote le recordó que las grandes gestas recién comenzaban y que su fama pronto llenaría cantares. El escudero, aunque adolorido de la caída anterior, comenzó a creer que tal vez algo de gloria podía alcanzarlo también a él.
Continuando el camino, Don Quijote y Sancho dialogaban sobre la importancia de la fama. El caballero hablaba con entusiasmo sobre cómo los nombres de los grandes caballeros vivían por siglos y cómo sus gestas eran contadas en todos los rincones del mundo.
Sancho, intrigado, preguntó si también él sería recordado. Don Quijote le aseguró que sí, que los escuderos fieles también alcanzaban la gloria.
De pronto, un incidente menor reveló lo frágil de su mundo ideal. Rocinante intentó acercarse a unas yeguas que pastaban junto al camino. Eran de unos arrieros yangüeses que, al ver al caballo interrumpir su ganado, lo golpearon sin piedad.
Don Quijote, viendo maltratado a su corcel, decidió vengarlo. Sancho intentó disuadirlo, recordándole que eran muchos y ellos solo dos, pero la sangre de caballero ardía en Don Quijote.
Cargó con todo su ímpetu y fue derribado casi de inmediato. Sancho corrió a ayudarlo, pero también fue apaleado sin compasión. Ambos quedaron tendidos, doloridos y humillados.
Esa noche, bajo un árbol, con el cuerpo molido y el espíritu herido, Sancho susurró que quizás debían volver. Don Quijote, entre suspiros y quejidos, dijo que cada herida lo acercaba más a la gloria.
Sancho, con un suspiro, decidió seguirle el juego un poco más.
Don Quijote vivió singulares aventuras en los campos de Montiel y en La Mancha, luchando contra molinos, arrieros y fantasmas de su imaginación. Armado de ideales caballerescos, defendió doncellas inexistentes, buscó fama eterna y, junto a Sancho, convirtió derrotas, golpes y burlas en gestas gloriosas para siempre en la memoria.